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Este texto solo trata de reflexionar sobre Aprender a Ser, uno de los cuatro pilares de la educación (aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a convivir, aprender a ser) que describe el informe Delors en 1994, recuperando su relevancia y pertinencia en esta segunda década del siglo XXI que estamos viviendo.
Hace treinta años, el informe Delors por muchos conocidos, describía un marco prospectivo de notables descubrimientos y progresos científicos, en el que muchos países habrían salido del subdesarrollo, sin embargo, también describía un sentimiento de desencanto que dominaba y contrastada con las esperanzas nacidas después de la segunda guerra mundial. En su preámbulo, manifestaba el temor de una “deshumanización del mundo”, de la sociedad, vinculada a la evolución tecnológica. Cabe preguntarnos, que tan lejos o cerca estamos de esos escenarios descritos en ese momento.
Sin duda, que el desarrollo tecnológico ha provocado una evolución vertiginosa de las sociedades cambiando las formas de organizarse y de relacionarse, para bien o para mal, el poder adquirido por quienes controlan los medios de comunicación y las plataformas digitales han agudizado ese temor y dado mayor legitimidad a la advertencia del informe Delors, respecto a que en el siglo en que estamos se amplificarían estos fenómenos.
Continuaba, señalando que entonces el problema no será tanto preparar a los niños para vivir en una sociedad determinada sino más bien, dotar a cada cual de fuerzas y puntos de referencia intelectuales permanentes que le permitan comprender el mundo que le rodea y comportarse como un elemento responsable y justo.
La educación requerida para ello debe contribuir al desarrollo global de cada persona: cuerpo y mente, inteligencia, sensibilidad, sentido estético, responsabilidad individual, espiritualidad. La educación, además, tiene la función esencial de conferir a todos los seres humanos la libertad de pensamiento, de juicio, de sentimientos y de imaginación que necesitan para que sus talentos alcancen la plenitud y seguir siendo artífices, en la medida de lo posible, de su destino
En un mundo en permanente cambio, uno de cuyos motores principales parece ser la innovación tanto social como económica, hay que conceder un lugar especial a la imaginación y a la creatividad; manifestaciones por excelencia de la libertad humana que pueden verse amenazadas por cierta normalización de la conducta individual.
En este escenario, a mitad de la tercera década del silo XXI, es importante hacer nuestro el postulado “aprender a ser” del informe Delors, que al respecto señala que el desarrollo tiene por objeto el despliegue completo del hombre en toda su riqueza y en la complejidad de sus expresiones y de sus compromisos; individuo, miembro de una familia y de una colectividad, ciudadano y productor, inventor de técnicas y creador de sueño. Aprenda a ser, implica ser responsables, aprender a adaptarse y respetar las capacidades de cada persona, tener un pensamiento autónomo y crítico, tener capacidad de elaborar un juicio propio y así poder determinar por sí mismos qué deben hacer en las diferentes circunstancias de la vida.

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